Los suelos someros

 

La mayor parte de los suelos de México son poco profundos, lo cual trae consigo numerosos problemas. Entre ellos, el agua que permanece cerca de la superficie se evapora rápidamente, lo que provoca que los leptosoles y otros suelos que tienen la roca madre a escasa profundidad impongan condiciones de aridez a las plantas, aun cuando el régimen de lluvia sea abundante. Un ejemplo de ello es el Pedregal de San Ángel, en el Distrito Federal, un derrame volcánico cubierto por escaso suelo. A pesar de que la precipitación es suficiente para mantener un bosque, la zona apenas soporta una vegetación de aspecto desértico. Por otro lado, cuando llueve, los suelos delgados se saturan rápidamente, de tal modo que el agua que no puede infiltrarse comienza a correr por la superficie, erosionándola. El suelo se vuelve cada vez más somero, más árido y más erosionable. Si a esto agregamos que muchos suelos de montaña son poco profundos y que su declive natural acelera la velocidad de los escurrimientos, es fácil darse cuenta que se trata de sistemas muy frágiles.

Los suelos, especialmente en las zonas áridas, pueden desarrollar un horizonte petrocálcico o «caliche». Cuando los suelos son jóvenes (Figura a), las sustancias que lo conforman suelen estar dispersas en todo su perfil. Éste puede ser el caso del calcio, representado en la figura por los puntos blancos. Cuando llueve, parte del calcio es acarreado por el agua que lo deposita en zonas más profundas (Figura b). Con el paso del tiempo se forma una zona, u horizonte, rica en calcio. Este elemento puede entonces reaccionar químicamente para producir carbonato de calcio, el cual se cementa firmemente formando una estrato más o menos continuo que asemeja a una roca: el caliche (en blanco, Figura c). Esta capa es impermeable y frecuentemente se localiza a unos pocos centímetros de la superficie del suelo. Esta característica es típica de los calcisoles y de varios tipos de leptosoles.