Ecosistemas anfibios: un tesoro amenazado

Los manglares son los “ecosistemas anfibios” por excelencia de la naturaleza: son comunidades de árboles y arbustos que viven en las zonas costeras dentro de las zonas intermareales, es decir, en las áreas de transición entre el mar y la tierra firme. Se les puede ver ocupando los deltas en las desembocaduras de los ríos, en estuarios, lagunas costeras e incluso, en los bordes de islas en el mar abierto. Estos ecosistemas constituyen complejos ensamblajes de especies que, aunque no son muy diversos, reúnen numerosas especies de plantas epífitas, parásitas, crustáceos, moluscos, aves y peces.

Para poder sobrevivir en estos ecosistemas, muchas plantas deben tolerar, entre otras condiciones, la alta salinidad de las aguas, la inundación permanente del suelo (con la falta de oxígeno que ocasiona en la zona de las raíces) y los embates del oleaje y las mareas. En este sentido, distintas adaptaciones a estas condiciones han evolucionado en muchas especies. La exclusión de la sal en las raíces, su secreción y cristalización en la superficie de las hojas, los sistemas aéreos de raíces y las lenticelas en su superficie (estructuras que facilitan la absorción del oxígeno cuando bajan las mareas), son sólo algunas de las más importantes (NOOA, 2002). Al menos 20 familias de plantas en el mundo tienen mangles dentro de sus listas y se reconocen actualmente 62 especies, siendo las zonas del Océano Índico y la parte occidental del Pacífico las más diversas en especies (Groombridge y Jenkins, 2002).

Los manglares, además de su intrínseca belleza natural, también han abastecido a las sociedades humanas con distintos productos. La madera que se extrae de ellos sirve como material para construcción de casas y embarcaciones, como materia prima para la elaboración de papel y como combustible. El follaje de los mangles se emplea en algunas comunidades como forraje para ganado, particularmente en la época seca cuando otros tipos de plantas no están disponibles. De la corteza de los mangles se obtienen también taninos, compuestos químicos útiles como tintes y como conservadores en la industria peletera. Aunado a lo anterior, son una rica fuente de alimento de origen marino. Se sabe que gran parte de las especies comerciales de camarón son dependientes, en alguna etapa de su ciclo de vida, de las zonas de manglar (Groombridge y Jenkins, 2002).

Debe mencionarse que, además de proveer de una gama importante de bienes a las sociedades, los manglares también realizan un conjunto de servicios ambientales que, en la mayoría de los casos, no son ni reconocidos ni valorados. Destacan la protección de las costas, principalmente por la reducción de la velocidad y la fuerza del oleaje, en especial durante eventos meteorológicos extremos como huracanes y tormentas tropicales; sirven como sitios de refugio y alimentación de las especies marinas de consumo humano (e. g., camarones, cangrejos, ostiones y almejas) y mantienen la calidad del agua, esto debido a la captura de sedimentos en las raíces y a la absorción de compuestos orgánicos e inorgánicos directamente de la columna de agua (Groombridge y Jenkins, 2002; NOAA, 2002).

Las estimaciones de la superficie que ocupan los manglares en el mundo varían entre los 170 mil y los 240 mil kilómetros cuadrados (Groombridge y Jenkins, 2002; NOAA, 2002; FAO, 2003). Su distribución está determinada principalmente por la temperatura, lo que los restringe a las zonas tropicales y subtropicales entre los 25 y los 30 grados de latitud en ambos hemisferios. Aproximadamente cien países poseen estos ecosistemas en sus costas, sin embargo, tan sólo Indonesia, Brasil, Australia y Nigeria albergan cerca del 40 por ciento del área total de este tipo de ecosistema (Groombridge y Jenkins, 2002).

En México, los manglares están distribuidos, tanto en el Pacífico como en el Golfo de California y el Atlántico (Golfo de México y el Caribe), ocupando el interior de lagunas costeras, sistemas deltáicos e incluso frente a las barreras arrecifales. En ellas habitan seis especies de mangle: el negro (Avicennia germinans y A. bicolor), el mangle botoncillo (Conocarpus erectus), el mangle blanco (Laguncularia racemosa) y el mangle rojo (Rhizophora mangle y R. harrisonii).La superficie de manglares en el país es difícil de conocer con precisión. Las estimaciones varían entre los 5 mil 300 y los 14 mil 200 kilómetros cuadrados (diversos autores en López-Portillo y Ezcurra, 2002) siendo Nayarit, Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Sinaloa y Tabasco algunos de los estados que destacan por sus extensiones de manglares (Mapa a).

Desafortunadamente, al igual que muchos otros ecosistemas terrestres y marinos, los manglares han estado y continúan sujetos a fuertes presiones de origen humano que los han eliminado de muchas zonas de México y el mundo. Adicionalmente, diversos fenómenos meteorológicos naturales, como son las tormentas, huracanes y tifones también pueden devastar grandes regiones de manglares. Las principales actividades humanas que los afectan son la deforestación, principalmente como resultado de la demanda por tierras para asentamientos humanos, zonas turísticas, infraestructura carretera y petrolera, actividades agropecuarias y marícolas; la modificación de la hidrología de lagunas costeras y esteros por la apertura de bocas y barras; la reducción del flujo de agua por obras de riego y la contaminación de las aguas por agroquímicos, metales pesados, nutrimentos y derrames de petróleo (López-Portillo y Ezcurra, 2002; NOOA, 2002).

La estimación de la pérdida de superficie de estos sistemas es compleja, debido a distintos problemas metodológicos, lo que hace difícil obtener datos confiables respecto a las superficies perdidas y las tasas de cambio con las que ocurren. Según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), entre 1990 y el año 2000 se perdió en el mundo una superficie cercana al millón 708 mil hectáreas de manglares, a una tasa anual cercana al uno por ciento (Tabla a). La región que mayor superficie perdió en este periodo fue Asia (con cerca de 850 mil hectáreas), seguida por Norte y Centroamérica (con 328 mil hectáreas) y Sudamérica (228 mil hectáreas).

Para el caso particular de México, no existen cifras definitivas acerca de la magnitud de la pérdida de este tipo de ecosistemas. Según la FAO (2003), entre 1990 y el año 2000, México perdió alrededor de 103 mil hectáreas, esto a una tasa anual del 1.9 por ciento. En la Figura a se muestra un ejemplo de la pérdida de manglares sufrida en la costa norte del estado de Nayarit entre 1993 y el año 2002. Si se considera la superficie original que estos ecosistemas cubrían en el país, México ha perdido a la fecha alrededor del 36 por ciento de sus manglares, cifra menor a la reportada para Panamá (67%) y similar a la de otros países de Latinoamérica (Guatemala, 32%; Jamaica, 30% y Perú, 25%). Los valores más altos de destrucción de manglares reportados en el mundo corresponden a Tailandia (84%), Paquistán (78%) y Malasia (74%).

 

Ante el grado de amenaza, pérdida y degradación de estos valiosos ecosistemas, México ha adoptado diversas medidas encaminadas a su protección y conservación. Una de las más importantes ha sido su salvaguarda por medio de la creación de áreas naturales protegidas (ANP). En 2004, la superficie protegida de manglar dentro de las áreas naturales protegidas ascendía a cerca de 550 mil hectáreas, en un total de 14 áreas. De esa superficie, 65% se encontraba en dos áreas naturales protegidas: en el área de protección de flora y fauna de Laguna de Términos, en Campeche (268 mil hectáreas, 48.2%) y en la reserva de la biosfera de Sian ka´an (cerca de 95 mil hectáreas, 17%), en el estado de Quintana Roo. Destacan también por su extensión de manglares las reservas de la biosfera de La Encrucijada, en Chiapas (cerca de 49 mil hectáreas) y Los Petenes, en Campeche (cerca de 47 mil hectáreas).

México también protege a sus manglares por medio de la inscripción de algunos de ellos a la Convención Ramsar, a la cual se adhirió el 4 de julio de 1986. Este es un tratado intergubernamental que sirve de marco para la acción nacional y la cooperación internacional en favor de la conservación y uso racional de los humedales de importancia mundial (Ramsar Convention, 2004). Actualmente México cuenta con 51 sitios dentro de la convención, de los cuales 29 protegen zonas de manglar.

En cuestión de normatividad, la Semarnat emitió la NOM-022-SEMARNAT-2003, que establece las especificaciones para la preservación, conservación, aprovechamiento sustentable y restauración de los humedales costeros en zonas de manglar. Así mismo, la NOM-059-SEMARNAT-2001, que especifica las categorías de riesgo de las especies nativas de México de flora y fauna silvestres, protege a cuatro de las especies de mangle que habitan el territorio nacional: Avicennia germinans, Conocarpus erectus, Laguncularia racemosa y Rhizophora mangle, todas ellas dentro de la categoría de protección especial.

Fuentes:

FAO. State of the World´s Forests 2003. FAO. Roma. 2003.

Groombridge, B. y M. D. Jenkins. World Atlas of Biodiversity. UNEP-WCMC. University of California Press. USA. 2002.

López-Portillo, J. Y E. Ezcurra. Los manglares en México: una revisión. Madera y bosques. Número especial: 27-51. 2002.

NOOA. Oil spills in mangroves. Planning & Response Considerations. NOOA. U.S.A. 2002.

Ramsar Convention. ¿Qué son los humedales? Documento Informativo Ramsar No. 1. Ramsar Convention. 2004. Disponible en: http://www.ramsar.org/about_infopack_1s.htm