Capítulo 5. APROVECHAMIENTO DE LOS RECURSOS FORESTALES, PESQUEROS Y DE LA VIDA SILVESTRE




Manejo y conservación de los recursos forestales

Entre los bienes y servicios que proveen los bosques, selvas y matorrales se encuentran diferentes materias primas de origen vegetal y animal, así como la tierra que se utiliza en labores de jardinería. El producto de origen vegetal más frecuentemente explotado es la madera, tanto para uso industrial como para generar energía, sobre todo entre la población más pobre. Debido a la importancia y particularidades de la madera, generalmente se le considera por separado de otros bienes forestales, de modo que hablamos de recursos “maderables” y “no maderables”.

Recursos maderables

A escala mundial, en el año 2000 se cosecharon 3.3 millones de m3 de madera en rollo (troncos de árboles derribados y en trozos, con un diámetro mayor a 10 cm en cualquiera de sus extremos, sin incluir la corteza), que se emplearon principalmente como combustible (53.5%) y para la fabricación de papel, tablones y fibra. En la actualidad, se estima que la participación de la producción industrial de bienes derivados de la madera es de alrededor del 2% del Producto Mundial Bruto. El mayor productor del planeta es Estados Unidos, que contribuye con más de la cuarta parte de la madera que se consume en el mundo, después figuran Europa, Canadá y Rusia (Figura 5.1). México contribuye con poco menos de 1% de la producción mundial.

Las existencias maderables de un país dependen en gran medida de la extensión de sus bosques y selvas, aunque también de la cantidad de madera que hay por unidad de superficie. Los países que tienen las mayores existencias de madera son la Federación Rusa, Brasil, Canadá y Estados Unidos. La cantidad de madera por hectárea varía dependiendo tanto del clima (e.g., los bosques tropicales en general tienen más recursos por unidad de área) como de la forma en que se ha manejado la vegetación. En el caso particular de los bosques de México, se considera que se encuentran entre los más pobres tanto de los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) como de América Latina (Figura 5.2).

Las tendencias mundiales señalan que los países en vías de desarrollo tienden a reducir sus existencias de madera debido a las elevadas tasas de deforestación, mientras que en los países industrializados crece cada vez más no sólo la extensión arbolada sino también la cantidad de madera a una tasa de un metro cúbico por hectárea al año. Se estima que la explotación maderera consume anualmente 0.86% de la existencia mundial de árboles en pie, cuyo volumen es de aproximadamente 386 000 millones de m3.

En México se han realizado varios trabajos para determinar las existencias de madera de todo el país. Los trabajos más recientes sobre cobertura forestal son el Inventario Nacional Forestal 2000 y la Carta de Uso del Suelo y Vegetación, Serie III, del INEGI; sin embargo, ambos consideran sólo la extensión de las zonas arboladas y carecen de información sobre volúmenes de madera. En este sentido, la fuente más reciente y completa es el Inventario Nacional Forestal Periódico de 1994 (SARH, 1994). De acuerdo con la fuente, en ese año había en el país 1 831 millones de m3 de madera en rollo en los bosques y 972 millones más en selvas. Los bosques mixtos de coníferas y latifoliadas, seguidos por las selvas altas y medianas, eran los tipos de vegetación que contenían más madera (Figura 5.3). Las entidades con mayores existencias en bosques fueron Durango, Chihuahua, Jalisco, Michoacán, Guerrero y Oaxaca; y en lo referente a selvas, fueron Chiapas, Oaxaca, Quintana Roo y Campeche (Mapas 5.1 y 5.2, Cuadros D3 RFORESTA02 01 y D3_RFORESTA02_02).

La vegetación más rica en términos de cantidad de madera por unidad de área son los bosques de coníferas, que sobrepasan los 100 m3 por hectárea. Los bosques cerrados se caracterizan por mayores volúmenes, mientras que aquellos que han sufrido un proceso de fragmentación tienen un contenido de madera menor comparado con la vegetación primaria (Figura 5.4, Tabla 5.1).

La deforestación es un proceso que reduce de manera importante la cubierta de bosques y selvas y, por consiguiente, las existencias de madera en el país. Por esta vía en los últimos 10 años se han perdido entre 1.5 y 2 millones de hectáreas (véase capítulo 2), lo que representa alrededor de 30 millones de m3 de madera al año. A esto habría que sumar las pérdidas por alteración y la extracción de madera ilegal no asociada a deforestación.

Si bien estas cifras son sólo una aproximación, dicha cantidad es muy superior a la producción maderable regulada del país, que en los últimos 15 años ha oscilado entre 6.3 y 9.8 millones de m3 anuales. Esto se debe en gran medida a que los datos de producción se obtienen de los informes que los titulares de aprovechamientos autorizados o sus Prestadores de Servicios Técnicos reportan hacia las Delegaciones Federales de la Semarnat, mientras que la causa más importante de deforestación es el cambio de uso del suelo para fines agropecuarios, el cual tiene lugar sin dichos permisos. No se tienen datos para evaluar qué proporción de la madera que se corta con fines de cambio de uso del suelo es industrializada, utilizada como leña o simplemente quemada durante el proceso de desmonte.

La producción maderable anual entre 1986 y 2003 promedió una cifra cercana a 8 millones de m3 rollo, aunque mostró un comportamiento variable. En 2003, por ejemplo, no alcanzó 7 millones, mientras que en 2000 estuvo próxima a 9.5 millones de m3 (Figura 5.5, Cuadro D3_RFORESTA04_01). Los estados de Durango, Chihuahua y Michoacán son los que más contribuyen a la industria nacional (Mapa 5.3, Cuadro D3_RFORESTA04_01), la cual está basada sobre todo en madera de pinos y encinos; las maderas preciosas aportan poco al volumen de madera producido en el país. Las principales especies aprovechadas durante el 2003 fueron: el pino con 5.5 millones de m3 en rollo (74.8%), y el encino 0.8 millones dem3 en rollo (10.9%), los restantes 0.8 millones de m3 en rollo (10.7%) corresponden a las otras especies (Figura 5.6, Cuadro D3_RFORESTA04_02).

A diferencia de lo que ocurre en otros países, donde la creciente demanda de celulosa para la fabricación de papel es el motor más importante detrás del aumento en la explotación maderera, en México las formas de uso que están creciendo más rápidamente son los durmientes (37.4% anual entre 1997 y 2003), el carbón (11.5%), la leña (9.2%) y la chapa y el triplay (8.6%), mientras que los celulósicos decrecieron (-5.9%) (Figura 5.7).

La mayor parte de la madera industrial en rollo se destina a la “escuadría” (tablas, tablones y vigas), que consumió 70% de la producción nacional entre 1997 y 2003, seguida del papel con 14.5%. De acuerdo con estos datos, el uso de la madera como energético es mínimo en México, pues durante este periodo se empleó en promedio sólo 3.1% como leña y 3.8% como carbón (Figura 5.8, Cuadro D3_RFORESTA04_03).

No obstante estar derivadas de los registros y permisos, estas cifras subestiman de manera considerable el uso de leña y carbón en México. Considerando que poco menos de 20% de las viviendas en el país emplea leña, los 364 972 m3 de leña reportados en 2003 (Cuadro D3_RFORESTA04_03) se repartirían en cada hogar sumando alrededor de 200 cm3 de madera al día, apenas un leño del tamaño de un ladrillo, que evidentemente no es suficiente para satisfacer sus demandas de combustible. Probablemente el verdadero valor esté más cercano a los 38 millones de m3 que estimó la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, 2005), y que corresponderían a 82.2% de la producción nacional maderable, que habría sido de 45.7 millones de m3 en 2004 (Figura 5.9).

También es importante señalar que los datos de producción maderable no incluyen la cosecha en zonas áridas o en orillas de los caminos, que es empleada fundamentalmente como combustible. Es muy probable que el factor que incide de manera más fuerte sobre la discrepancia entre los datos nacionales y los de la FAO sea que el corte de leña ocurre sin informar a las autoridades federales. Esta actividad tiene lugar en zonas rurales (principalmente de uso común) y es administrada por órganos de decisión locales.

Una posibilidad para estimar el consumo de leña por entidad federativa es mediante el producto de la cantidad de combustible empleada en promedio por vivienda multiplicada por el total de viviendas que consumen leña localmente. De acuerdo con esto, los estados donde más se emplea leña en la cocina son Veracruz, Chiapas, Oaxaca y Puebla (Mapa 5.4). Claramente se trata de entidades con una importante población rural, indígena y con un bajo desarrollo humano (véase Características socioeconómicas en el capítulo 1 Población).

Las proyecciones en casi todo el mundo indican que el consumo de leña seguirá incrementándose. Para el caso de México se observa una ligera reducción en la proporción de hogares que utilizan carbón o leña para cocinar. En el periodo de 1990 a 2000, la proporción de ocupantes que utilizaron este combustible se redujo de 23.4 a 19.8%. En algunas regiones, el incremento en la tasa de extracción de leña ha reducido la disponibilidad del recurso, generando lo que se ha llamado “la crisis energética de los pobres”. Desafortunadamente, a pesar de que un gran número de personas depende de estos recursos, el carbón y la leña rara vez ocupan un lugar destacado en los planes energéticos nacionales.

Para lograr un aprovechamiento de madera sostenible, el volumen de madera que se extrae debe ser menor a la renovación natural de los bosques. Si la explotación se encuentra por arriba de la renovación, entonces se está degradando la base de recursos naturales y la disponibilidad futura de los mismos. El Inventario Nacional Forestal Periódico (INFP) de 1994 efectuó estimaciones sobre la tasa de renovación (denominada “aumento anual”) para las coníferas, el grupo más utilizado industrialmente con fines maderables.

De acuerdo con la información disponible, el aumento anual de coníferas en México es bastante alto respecto a los estándares mundiales; tiene un volumen aproximado de 25 millones de m3 de madera en rollo y se concentra sobre todo en los estados con mayores existencias (Mapa 5.5, Cuadro D3_RFORESTA02_03). Dicha cifra se encuentra muy por arriba de la producción reportada de madera en rollo de coníferas en 2003, que fue de 5.76 millones (23% del aumento anual). Si bien esto sugeriría que no se ha sobrepasado la capacidad de producción de nuestros bosques, debemos recordar que la extracción no reportada por deforestación y consumo de leña es muy grande, y que puede alterar significativamente el panorama.

Independientemente de los efectos que tiene la extracción de leña y madera sobre la vegetación, la superficie forestal está disminuyendo y, de acuerdo con las tendencias actuales, se espera que los bosques primarios –los que más madera contienen– se reduzcan de manera considerable en las próximas décadas (véase capítulo 2). Por sí mismo, esto revela el uso insostenible que estamos haciendo de los bosques.

El caso de las selvas es similar. En ellas la extracción se concentra en las especies de maderas preciosas. No existe información sobre el aumento anual de madera de este grupo, pero algunos datos nos pueden dar indicios sobre la insostenibilidad de su aprovechamiento. El sureste del país constituye la región de la cual proceden casi exclusivamente estas maderas. Para que una parcela recupere su cantidad de maderas preciosas, debe descansar por cerca de 50 años. Por lo tanto, la explotación sostenible de estos recursos requiere de grandes extensiones de selva que permitan aprovechar una parcela mientras se dejan en “descanso” o recuperación las otras 49.

Cuando vastas regiones de selva permanecieron despobladas, fue posible que se explotara la caoba de la región sureste con un esquema de ciclos de descanso de varias décadas. En la actualidad, la minifundización de las tierras que acompañó a los programas de colonización de los trópicos de las décadas de los sesenta y setenta, impidió mantener estos ciclos de descanso, ocasionando que las plantas de caoba o cedro remanentes sean escasas y de talla reducida (Challenger, 1998; Cemda-Cespedes, 2002). Hoy, las maderas preciosas apenas representan medio punto porcentual de la producción maderable de México.

Además del hombre, los incendios y las plagas forestales pueden reducir las existencias de madera. Dichos fenómenos ocurren en forma natural en los bosques y selvas e incluso son necesarios para el funcionamiento del ecosistema. Sin embargo, el hombre puede incrementar la frecuencia de plagas e incendios más allá de su incidencia normal y afectar seriamente la condición de los bosques. En particular se ha encontrado que los incendios son más frecuentes en los estados del país con mayor superficie de bosques alterados, durante los años de sequía.

Las plagas forestales son insectos o patógenos que ocasionan daños de tipo mecánico o fisiológico a los árboles, como deformaciones, disminución del crecimiento, debilitamiento o, incluso la muerte, con un impacto ecológico, económico y social muy importante. Son consideradas como una de las principales causas de disturbio en los bosques templados del país. Actualmente se tiene registro de alrededor de 250 especies de insectos y patógenos que afectan al arbolado en México, estimándose la superficie susceptible de ataque en cerca de 10 millones de hectáreas (Tabla 5.2, Figura 5.10).

Dentro de los factores naturales que facilitan el ataque de plagas están los fenómenos meteorológicos como sequías, huracanes y nevadas, así como otras conflagraciones naturales, como los incendios. Sin embargo, las actividades humanas también facilitan el ataque. El aprovechamiento y pastoreo no regulados, el deficiente manejo silvícola, la introducción de especies de plagas y patógenos de otras regiones geográficas, así como los incendios inducidos predisponen a las masas arboladas al ataque de plagas forestales.

Como resultado del monitoreo periódico que realiza la Semarnat de las zonas forestales del país, en 2004 fueron detectadas 65 124 hectáreas afectadas por algún tipo de plaga, superficie muy por arriba de las 25 000 hectáreas en promedio que se tuvieron durante el periodo de 1990 al 2004. Clasificando a las plagas en animales y vegetales, y según la parte del árbol que atacan, la mayor parte de esta extensión fue afectada por descortezadores y muérdagos (Figura 5.11, Cuadro D3_RFORESTA06_01). Los estados con mayor superficie forestal promedio afectada por enfermedades entre 1990 y 2004 fueron Aguascalientes, Oaxaca, Durango, Jalisco y el Distrito Federal (Mapa 5.6, Cuadro D3_RFORESTA06_01).

Recursos forestales no maderables

Los productos forestales no maderables (PFNM) reciben muy poca atención comparados con los maderables. Sin embargo, comprenden una importante variedad de productos medicinales, alimenticios, materiales para la construcción, resinas, gomas, tintes, ceras, esencias y aceites, entre otros. En general, estos productos carecen de un mercado amplio y consolidado (a diferencia de los maderables) y en su mayoría son explotados localmente por personas de escasos recursos económicos. Quizá por ello persiste la noción equivocada de que los PFNM constituyen un recurso de escaso valor económico; hecho muy alejado de la realidad ya que, por ejemplo, las estimaciones sobre el potencial productivo no maderable de los bosques y selvas rebasan los 1.3 millones de dólares anuales en nuestro país.

Los PFNM que se aprovechan en mayor cantidad en México son la tierra de monte y las resinas, que generalmente se extraen de los bosques de coníferas. Si bien las fibras y ceras no son las más importantes en cuanto a cantidad, representan el sustento de cientos de las familias más pobres del país. Generalmente se producen en zonas áridas y semiáridas a partir de plantas de las familias de las agaváceas, bromeliáceas y euforbiáceas (Figura 5.12). Esta distribución geográfica diferencial de los productos no maderables se refleja en que los estados de las sierras (productores de resinas, como Michoacán) y de las zonas áridas (como Baja California, Zacatecas y Tamaulipas) se encuentren entre los primeros lugares en producción (Mapa 5.7).

Si consideramos como referencia las más de 25 mil especies de plantas superiores que se encuentran en nuestro país, el número de ellas que se utilizan es muy reducido, ya que sólo menos de 100 se explotan comercialmente y menos de un millar tienen aprovechamiento regional (Figura 5.13, Cuadro D3_RFORESTA04_06).

A pesar de que la extracción de PFNM va en aumento, la razón no es una mayor diversificación de productos –los mismos rubros siguen contribuyendo al total en proporciones semejantes (Figura 5.14, Cuadro D3_RFORESTA04_04)– sino una mayor intensidad de explotación de las ya utilizadas, lo que puede conducir a una sobreexplotación. Un efecto colateral de esta concentración en pocos productos es que la economía de las personas y comunidades que dependen de ellas se torne más vulnerable a las fluctuaciones del mercado, lo que ocasionaría que los precios de estos productos se desplomen, dejando a los productores en una situación muy comprometida; situación que ya les ha ocurrido en el pasado, por ejemplo, a los productores de cera de candelilla, chicle y barbasco.

Dado el extendido uso local de muchos de los PFNM es probable que una parte importante del aprovechamiento de estos recursos no esté cuantificada realmente en muchas zonas rurales, donde los usuarios no tienen obligación de reportar la extracción de los mismos. Por ello, el valor reportado seguramente es una subestimación del aprovechamiento real en nuestro país.

Además de su potencial económico, se ha sugerido que incentivar el uso de los PFNM puede ser una excelente alternativa para la conservación de la vegetación natural donde estos recursos se encuentran, ya que para su permanencia requieren de cierto grado de conservación de los ecosistemas. En algunos países de América Latina, incluido México, ya se han establecido “reservas extractivas”, que son porciones de selva protegidas por las comunidades rurales, de las que se extraen bienes comerciales, tales como mariposas que se venden a coleccionistas de todo el mundo. Si bien en lo inmediato las reservas extractivas han frenado la deforestación, en varios casos se ha observado que la constante perturbación que causan las actividades humanas ha perjudicado la vida silvestre, por lo que es necesario mejorar este modelo productivo para que realmente sea sostenible.

Gestión de los recursos forestales

Con la finalidad de regular el aprovechamiento de los recursos forestales maderables, la legislación mexicana prevé que se debe contar con una autorización. Para el caso de los recursos forestales no maderables su aprovechamiento en la mayoría de los casos es a través de un aviso, dado que se consideran de subsistencia y bajo impacto ambiental.

Durante 2003 se autorizó el aprovechamiento de más de 9 millones de m3 de madera y 540 mil toneladas de productos forestales no maderables. Para otorgar una autorización de aprovechamiento, la ley exige que se mitigue el impacto ambiental, se proteja a las especies amenazadas y se tomen medidas preventivas contra incendios y plagas forestales. Además, el aprovechamiento debe estar de acuerdo con los principios de la explotación sustentable. En caso de extraerse los recursos sin cumplir con estas normas, no hay garantía de que la explotación sea adecuada (Figura 5.15, Cuadros D3_RFORESTA03_01, D3_RFORESTA03_02 y D3_RFORESTA04_04).

Para fomentar la explotación sustentable de los recursos forestales se cuenta con dos programas que inciden directamente sobre el uso de la vegetación natural: el Programa de Desarrollo Forestal (Prodefor) y el Proyecto de Conservación y Manejo Sustentable de los Recursos Forestales en México (Procymaf). Mediante el Prodefor se otorgan apoyos para el fomento a la productividad y manejo sustentable del bosque natural, orientados a mejorar la calidad de vida de las comunidades y al uso diversificado de los ecosistemas. Este instrumento se basa en el establecimiento y apoyo a programas bien definidos de manejo forestal, entendido como el conjunto de acciones y procesos encaminados a ordenar, cultivar, proteger, conservar, restaurar y cosechar los recursos forestales de un bosque, considerando criterios ecológicos, sociales y económicos. También el Prodefor apoya acciones para tecnificar y hacer más eficiente la producción forestal. Los estados donde el programa ha tenido una mayor influencia son Durango, Chihuahua, Zacatecas, Sonora y Estado de México (Mapa 5.8). Por su parte, el Procymaf tiene el objetivo de dar capacitación para el fortalecimiento de la silvicultura comunitaria y el manejo sustentable de los recursos maderables y no maderables. En su primera fase este programa apoyó fundamentalmente productores de los estados de Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Durango y Chihuahua. En conjunto, estos dos programas han favorecido proyectos que han incidido en más de 12 millones de hectáreas (Figura 5.16).

A fin de asegurar el aprovechamiento adecuado de los PFNM se expidieron las normas oficiales mexicanas NOM-005-SEMARNAT-1997 a NOM-011-SEMARNAT-1996, NOM-018-SEMARNAT-1999 y NOM-026-SEMARNAT-1996 a NOM-028-SEMARNAT-1996, que contienen las especificaciones acerca de cómo se deben explotar estos recursos. Dichas normas se aplican a los productos más comúnmente explotados, tales como resinas, tierra de monte, raíces, cortezas, tallos, plantas completas, hojas de palma, látex, exudados y hongos. Considerando que el aprovechamiento de los PFNM es fundamental en las zonas áridas y semiáridas, se estableció el Programa para el Seguimiento y Evaluación del Aprovechamiento, Transporte y Almacenamiento de Productos Forestales No Maderables de Tierras Secas. Con este instrumento se busca apoyar a los productores y lograr un aprovechamiento sustentable.

Una forma alternativa de incrementar la producción y conservar al mismo tiempo los recursos naturales es disminuyendo la presión sobre los bosques naturales mediante el establecimiento de fuentes alternas de generación de productos forestales. Con esta finalidad se instituyó el Programa para el Desarrollo de Plantaciones Forestales Comerciales (Prodeplan), por medio del cual no sólo se crean proyectos productivos y empleos, sino también se restituyen zonas arboladas que favorecen la conservación del entorno y brindan servicios ambientales (véase Servicios ambientales de los bosques). El Prodeplan ha mantenido un crecimiento acelerado desde 1997, a tal grado que para 2004 se habían comprometido apoyos para 303 mil hectáreas (Figura 5.17, Cuadro D3_RFORESTA09_02). Hasta 2004, los estados más beneficiados con este programa son Veracruz, Campeche, Oaxaca y Tabasco. Para diciembre de este año se había plantado, verificado y pagado poco más de 10% de la superficie comprometida (Mapa 5.9).

Cerca de la mitad de los proyectos de plantaciones forestales comerciales apoyados entre 1997 y 2004 favorecen los ambientes tropicales, donde se están sembrando especies como cedro rojo (Cedrela odorata), caoba (Swietenia macrophylla), teca (Tectona grandis), melina (Gmelina arborea), primavera (Tabebuia rosea) y bambú (Bambusa sp.). Un tercio de los apoyos se orienta a los ambientes templados-fríos, donde se están cultivando árboles para producir madera, celulosa y árboles de navidad, por lo que se prefieren especies como pino (Pinus sp.), eucalipto (Eucalyptussp.) y oyamel (Abies sp.). Dentro del Prodeplan también se ha favorecido el establecimiento de plantaciones de PFNM, con mayor énfasis en regiones semiáridas, que abarcan 16% de la superficie apoyada. En estos casos se siembran especies como mezquite (Prosopis sp.), ébano (Pithecellobium ebano), lechuguilla (Agave lechuguilla) y orégano (Lippia sp.) (Figura 5.18, Cuadros D3_RFORESTA09_02 y D3_RFORESTA09_03).

Otra de las acciones para proteger los recursos forestales es el combate a las plagas. Constantemente se efectúan recorridos por los bosques y selvas con la finalidad de efectuar inspecciones de sanidad forestal. Entre 1990 y 2004 se ha inspeccionado un promedio anual cercano a los 5.5 millones de hectáreas; no obstante, la superficie inspeccionada es muy variable entre un año y otro y particularmente baja en los últimos dos (Figura 5.19, Cuadro D3_RFORESTA06_01). Los estados que han sido diagnosticados más intensamente son Chihuahua, Durango, Oaxaca, Guerrero, Jalisco, Michoacán y Estado de México, entidades que contienen grandes extensiones arboladas (Mapa 5.10).

Una vez que se detectan las zonas afectadas por plagas, se procede a aplicar el tratamiento correspondiente para su eliminación. Los estados con mayor superficie promedio tratada entre 1990 y 2004 son Durango, Distrito Federal, Jalisco, Veracruz y Oaxaca (Mapa 5.11, Cuadro D3_RFORESTA07_01).

Los insectos más combatidos son los descortezadores, organismos que ocasionan los mayores daños al arbolado en nuestro país. Los muérdagos –que también afectan grandes extensiones forestales– representan la segunda plaga más combatida en extensión, aunque proporcionalmente es la que menos atención recibe (Figura 5.20, Cuadro D3_RFORESTA07_01). Los datos de superficie afectada y tratada son particularmente altos para 2003 y 2004, lo que contrasta de manera notable con los valores de superficie diagnosticada para esos años que, como se mencionó arriba, son los más bajos de la serie considerada (Figuras 5.19 y 5.21).

 

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