Capítulo 5. APROVECHAMIENTO DE LOS RECURSOS FORESTALES, PESQUEROS Y DE LA VIDA SILVESTRE



Manejo y conservación de los recursos pesqueros

 Panorama mundial

La producción pesquera mundial estimada para 2003, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), fue de alrededor de 130 millones de toneladas, siendo China el mayor productor con 38.1% de la producción mundial (FAO, 2004) (Figura 5.31).

El crecimiento de la producción pesquera a nivel mundial se debe principalmente a la acuacultura. Ésta creció en alrededor de 20 millones de toneladas con respecto a la década anterior (en especial en la región de Asia y el Pacífico). En contraste, las capturas mundiales de peces, moluscos y crustáceos parecen haberse estabilizado alrededor de las 90 millones de toneladas en promedio durante el periodo 1998-2003 (FAO, 2002, 2004). La mayor parte de las capturas en aguas continentales se realizaron en países con economías emergentes en los que los productos pesqueros constituyen una fuente importante de proteína animal. En cambio, en la mayoría de los países desarrollados, la pesca en agua dulce es una actividad principalmente deportiva y las pesquerías comerciales son muy limitadas, a excepción de aquellas que se realizan en cuerpos de agua de gran tamaño (FAO, 2003).

El esfuerzo de pesca (medido ya sea como el número de embarcaciones, el tonelaje de las mismas o la frecuencia con la que se lanzan las artes de pesca) sigue creciendo en el mundo como respuesta a la presión social derivada de la pobreza y a la falta de controles eficientes de acceso al recurso pesquero.

A pesar de que el número de embarcaciones se multiplicó en 600% en los últimos 25 años y se incorporaron importantes avances tecnológicos para hacer más efectiva la explotación, el volumen sostenible de capturas sólo se incrementó en 30%, lo que puede ser síntoma del creciente deterioro del estado de los recursos pesqueros (Gómez, 2003).

De la totalidad de la producción pesquera, alrededor de 101 millones de toneladas de pescado se destinaron para el consumo humano, lo que equivale a un consumo per cápita anual aparente de 16.2 kilogramos. Los productos pesqueros alimentaron a más de 2 mil 600 millones de personas, aportando alrededor del 16% del suministro total de proteínas en el mundo (FAO, 2004).

Los recursos pesqueros habían sido considerados por mucho tiempo como un elemento ilimitado de la naturaleza, mito que se ha desvanecido en las últimas décadas. Ahora se reconoce que son recursos renovables y que deben someterse, para su mantenimiento a largo plazo, a un ordenamiento adecuado (Doulman, 2003). Los indicadores ecológicos de la FAO en torno a la pesca sugieren que la mayoría de las poblaciones explotadas en el mundo están en sus niveles máximos sostenibles, e incluso por encima de ellos; en términos generales se considera que 50% de los recursos pesqueros se explotan al límite y otro 25% se encuentra sobreexplotado. Esto se traduce en que tan sólo una cuarta parte de los recursos pesqueros globales tiene potencial para incrementar su nivel de explotación (FAO, 2001).

A la par de la preocupación mundial relacionada con la baja en el potencial productivo de determinadas poblaciones de interés comercial, hoy en día existe un claro interés sobre los impactos que la pesca puede ocasionar en la estructura y función de los ecosistemas. La reducción de la abundancia de especies explotadas determina cambios que se transmiten a través de las interacciones ecológicas con efectos en los diversos niveles tróficos del ecosistema, lo que origina cambios en la biodiversidad y organización de las comunidades marinas (Somma, 2003). La excesiva demanda de alimentos provoca una fuerte presión no sólo sobre los recursos pesqueros, que puede conducir a una merma de sus poblaciones (Davis y Gartside, 2001), sino también sobre muchas otras especies que son capturadas de manera incidental (la llamada “fauna de acompañamiento”), muchas de las cuales son simplemente descartadas en altamar al carecer de valor comercial (PNUMA, 1994) (ver Efectos de la pesca sobre los ecosistemas).

La pesca en México

Los mares del país, por su posición geográfica, se consideran tropicales, a excepción de los que bordean la península de Baja California que, por sus características específicas y gran productividad biológica, son denominados neotropicales. Esta combinación de características oceánicas del territorio permiten obtener una producción pesquera diversa (Gómez, 2002). En estos ecosistemas se tienen registradas alrededor de 2 mil 500 especies piscícolas, de las cuales tan sólo 23% (587 especies) son explotadas por el sector pesquero y de ellas, únicamente para poco más de 150 especies (comprendidas en 23 pesquerías municipales) se dispone de información básica para analizar su grado de aprovechamiento (Conabio, 1998; DOF, 2004).

Por lo común, al aprovechar una especie se extraen conjuntamente otros organismos, los cuales comparten el mismo ambiente y características. Por ejemplo, las sardinas son pequeños peces de mar abierto que forman grandes cardúmenes dentro de los cuales también se encuentran otros peces como las anchovetas y macarelas. Al arrojar la red se extraen los organismos de éstas y otras especies, ya que sus dimensiones son muy parecidas y quedan atrapados en las mallas. Estos grupos de especies se denominan unidades pesqueras de manejo (UPM) y, al conjunto de actividades y sistemas relacionados con su captura, procesamiento y comercialización en un espacio y tiempo determinados se le conoce como pesquería. En términos generales, a cada UPM corresponde una pesquería, aunque existen excepciones.

La Carta Nacional Pesquera del año 2000 registró información para 65 UPM y 541 especies marinas explotadas (Semarnap 2000a, 2000b). Para el 2004, la nueva Carta consideraba 75 UPM y 587 especies sujetas a explotación pesquera (Tabla 5.4). Las pesquerías que aportan el mayor volumen a la producción pesquera nacional son las de: a) los peces pelágicos menores (sardina-anchoveta), b) los túnidos (que incluyen distintas especies de atún, barriletes y bonitos), c) el camarón y d) la «escamera», que aprovecha mojarras, huachinangos, meros, robalos, pargos, lisas, lenguados, cabrillas y jureles, entre muchas otras especies. En la pesca ribereña del país se explotan las especies que son extraídas de forma artesanal, tales como el pulpo, abulón o langosta, así como los organismos de agua dulce. La mayor parte de esta actividad pesquera es de subsistencia, ya sea de carácter familiar o comunitario. Por lo general, esta actividad pesquera no se maneja con base en la normatividad (e.g., cuotas o vedas), por lo que los recursos suelen ser explotados sin control, lo que puede conducir a la sobreexplotación de los recursos pesqueros (Capurro et al., 2002).

El más reciente inventario de cuerpos de agua continentales elaborado por la Comisión Nacional del Agua (CNA) y empleado como referencia dentro de la Carta Nacional Pesquera integra a 7 mil 885 cuerpos de agua entre lagunas, lagos, presas y bordos (tanto de carácter temporal como perenne) (DOF, 2004). En las 172 principales presas y lagos del país se tienen registradas 108 especies dulceacuícolas sujetas a explotación, las cuales se distribuyen de la siguiente forma: 97 especies de peces, 3 de anfibios, 5 de crustáceos, una de insectos, una de moluscos y una de gusanos.

En cuanto a su producción pesquera, México se encuentra entre los veinte países con mayor producción en el mundo, manteniendo su volumen total de pesca relativamente estable durante los últimos 18 años, oscilando alrededor de 1.4 millones de toneladas anuales, siendo los años de 1993 y 1998 los de menores capturas, disminuciones al parecer asociadas a la presencia del fenómeno de “El Niño” (Figura 5.32, Cuadro D2_PESCA01_01). La producción nacional está fuertemente determinada por la producción del litoral del Pacífico: la producción de las entidades que rodean al Mar de Cortés, como Sonora y Sinaloa, superan las 200 mil toneladas al año y, junto con los estados de Baja California y Baja California Sur, concentraron en los últimos 20 años las dos terceras partes de la captura total anual (Mapa 5.14, Cuadro D2_PESCA01_02). En el 2003, este litoral reportó una producción de cerca de un millón 238 mil toneladas, es decir, 79.1% de la producción total del país.

Los litorales del Golfo y el Caribe aportaron en 2003 cerca del 19% del volumen total de la captura nacional, alcanzando su mayor nivel en 1994 (con 392 mil 310 toneladas) y en el 2003 (295 mil 625 toneladas). Esta región es menos productiva que la del Pacífico, debido principalmente a que sus aguas son más cálidas, transportan menor cantidad de nutrimentos y, además, presentan mayores problemáticas ambientales derivadas de los impactos de las actividades agropecuarias y petroleras que se practican en la región (Carranza-Edwards, 2004).

La pesca continental, es decir, la que se efectúa en las entidades sin litoral, aportó en el año 2003 el 2% del volumen total de la producción pesquera nacional (Figura 5.32). Este tipo de pesca muestra una tendencia constante decreciente en su producción: mientras que en 1991 produjo 58 mil 273 toneladas, en 2003 tan sólo alcanzó las 31 mil 648 toneladas. Se considera que la disminución registrada en la producción tiene mayor relación con los problemas ambientales de los cuerpos de agua que con la captura excesiva que se lleva a cabo en ellos (García-Calderón et al., 2002).

Con respecto a la producción pesquera por especie, en el año 2003 las pesquerías de la sardina, los túnidos y el camarón aportaron cerca del 57% del volumen de la captura total (Figura 5.33). Las pesquerías con menores volúmenes de producción fueron, para el mismo año, la del sargazo (1.4%), pulpo (1.1%) y jaiba (1.1%) (Cuadro D2_PESCA01_03).

En términos del esfuerzo pesquero, a diferencia de lo que ocurre a escala global, el número de embarcaciones que constituyen la flota mexicana de altura (buques mayores a 15 metros de eslora) no ha crecido entre 1980 y el año 2002, manteniendo una flota de alrededor de 3 mil 350 barcos (Figura 5.34, Cuadro D2_PESCA01_06). Para la pesca ribereña, se registraron 102 mil 807 unidades de 1997 al año 2002, después de un importante crecimiento registrado entre 1980 y 1996. Cabe señalar, sin embargo, que existe una cantidad no determinada de lanchas y pequeñas embarcaciones que carecen del registro oficial, por lo que las cifras reales podrían estar muy por arriba de los registros oficiales. En cuanto a la distribución de las embarcaciones en los litorales del país, se observa que los barcos se concentran principalmente en la vertiente del Pacífico, que cuenta con 56.9% de las embarcaciones de altura y 54.9% de las ribereñas, mientras que en el Golfo se registran 43.1 y 42.2%, respectivamente. El restante 2.9% de la flota pesquera ribereña se dedica a la pesca continental.

La estabilización en el número de registros de pesca de altura no corresponde necesariamente a un estancamiento en la capacidad pesquera, sino al recambio de barcos de medio tonelaje por otros de mayor capacidad. En 1979 tan sólo 1.8% de los barcos rebasaban las 100 toneladas, cifra que creció a 7% en 2000 y en el 2002 alcanzó 8.1% (Figura 5.35, Cuadros D2_PESCA01_08, D2_PESCA01_09 y D2_PESCA01_10).

Con respecto al número de embarcaciones por pesquería, en el año 2002 la del camarón contaba con 2 mil 412 embarcaciones, la «escamera» con 992, la atunera con 132 y la de sardina–anchoveta registraba 91 unidades. En las últimas dos décadas se registró un incremento notable en el número de barcos atuneros, con un crecimiento de 4.5% anual en promedio, seguido por la flota escamera, la cual creció anualmente al 2.1% (Figura 5.36, Cuadro D2_PESCA01_07).

En cuanto a la flota camaronera, de las 2 mil 412 embarcaciones registradas en el año 2002, mil 674 se encontraban en el Océano Pacífico y de éstas 89.1% contaban con puerto base de operaciones en el noroeste. En el Pacífico mexicano, 25 mil personas pescan camarón en 738 barcos y 20 mil pangas. El sistema productivo pesquero del camarón actualmente padece de una sobrecapitalización que resulta en pesca excesiva, que a su vez genera impactos ambientales y conflictos sociales y políticos. Ejemplo de la falta de ordenamiento pesquero es el aumento del esfuerzo de pesca y la disminución de las capturas de camarónen el Pacífico para el periodo 1994-2000, con promedios menores a 15 toneladas por barco, con una clara tendencia a la disminución en la captura por barco (FIRA 1997, 2000) (Tabla 5.5).

 

El consumo de los productos pesqueros en el país ha seguido una ligera tendencia decreciente durante el periodo 1992-2002, pasando de alrededor de un millón 410 mil toneladas al inicio del periodo a cerca de un millón 214 mil toneladas en el año 2002 (Figura 5.37, Cuadro D2_PESCA03_02). El consumo promedio per cápita en los últimos 10 años fue de 12.7 kilogramos por habitante al año, lo que lo coloca por debajo del promedio mundial (cercano a los 16 kilogramos por habitante al año) y muy lejos del consumo en países como Japón (que alcanza los 90 kilogramos por habitante al año), Portugal (60 kilogramos por habitante al año) y España (30 kilogramos por habitante al año). Sin embargo, el consumo aparente en México supera al promedio de América Latina y el Caribe, el cual es cercano a los 9 kilogramos por habitante al año (Wiefels, 2003; FAO, 2005).

Durante el periodo 1992-2002, 88% de los productos pesqueros consumidos en México, en promedio, fue aportado por la producción pesquera nacional, mientras que el 12% restante fue importado (Figura 5.38). En 2002 se importaron al país 135 mil toneladas de productos pesqueros, exportándose a su vez más de 250 mil toneladas, las que representan 18.5% de la producción nacional (Cuadro D2_PESCA03_01).

Impactos de la pesca en los recursos y ecosistemas marinos

Los efectos negativos de la pesca en la biodiversidad y en la estructura y función de los ecosistemas se empezaron a conocer en el mundo muchos años antes de que en México se comenzaran a documentar estos hechos. (ver Efectos de la pesca sobre los ecosistemas) Se sabe que el manejo inadecuado de los recursos pesqueros, además de reducir los tamaños poblacionales de las especies objetivo en forma directa a través de la extracción, también genera efectos en las poblaciones de las especies que coexisten con ellas, modificando con ello la estructura y la dinámica de los ecosistemas costeros y oceánicos. Se ha observado que las poblaciones deterioradas muestran una menor tolerancia a los fenómenos externos que las afectan. Así, por ejemplo, las pesquerías manejadas indebidamente sufrieron más gravemente los efectos de “El Niño” de 1998 que aquellas bajo un manejo sustentable (Sosa-Nishizaki, 1999). En México en particular, se han encontrando evidencias de disminución de los niveles tróficos en el ecosistema del Golfo de California y de problemas de sustentabilidad en la principal pesquería del Golfo de México (Díaz de León-Corral et al., 2005).

Las principales causas de deterioro de los recursos naturales marinos sujetos a explotación pesquera se atribuyen fundamentalmente a cuatro factores: i) sobrecapacidad de la flota pesquera, ii) pesca ilegal, pesca no regulada y no declarada, iii) sobrecapitalización del sector pesquero y iv) otorgamiento de subsidios directos al sector. Por su parte, los impactos ambientales asociados a la actividad pesquera son de tres tipos, diferentes tanto para las distintas pesquerías como para los tipos de flota (dependiendo principalmente del tipo de arte de pesca empleada y de la zona de pesca). Ellos son:

Arrastre del fondo marino. Se refiere al proceso que ocurre cuando las redes son lanzadas al fondo del mar y se arrastran con objeto de recoger a los organismos que lo habitan. Afectan el funcionamiento del ecosistema y dañan a distintas especies de organismos sésiles (e.g., corales y esponjas) que sirven para crear los sitios de refugio y alimentación para muchas especies marinas, incluidas las comerciales. La pesca del camarón, por ejemplo, es una de las actividades que mayormente barren con el fondo marino. Aun cuando no se tienen datos periódicos del área que anualmente se barre en la búsqueda del camarón y otras especies de peces del fondo en México, se ha calculado que en el año 2000, tan sólo en el Pacífico, la superficie arrastrada alcanzó los 550 mil kilómetros cuadrados (es decir, cerca de dos veces el estado de Chihuahua), mientras que en el Golfo de México pudo sumar los 187 mil kilómetros cuadrados (es decir, la superficie estatal de Sonora) (Cuadro D2_PESCA04_01).

Pesca incidental o de acompañamiento. En el proceso de captura, ya sea por cuestiones del arrastre o por las artes de pesca empleadas, además de la especie objetivo pueden atraparse organismos de otras especies, lo que se denomina “pesca incidental o de acompañamiento”, pudiendo encontrarse especies en estado de riesgo como las tortugas marinas, tiburones y cetáceos. En algunos casos la pesca de acompañamiento puede ser aprovechada, sin embargo, en muchos otros es descartada y devuelta al mar muerta o severamente lastimada. Un ejemplo de este tipo de impacto es la pesca del atún: cuando se pesca en los cardúmenes conocidos como “palos”, se captura un gran número de individuos jóvenes cuya explotación no es rentable, lo que ocasiona que sean descartados muertos o seriamente lesionados.

A nivel nacional en el 2003, el porcentaje del volumen pescado que no llegó al puerto (es decir, que fue descartado) alcanzó 11.9% de la producción pesquera nacional (Figura 5.39, Cuadro D2_PESCA01_02), siendo mayor en el Pacífico, donde la cifra alcanzó 14%. En contraste, la totalidad de lo que se pesca en las aguas continentales nacionales es aprovechado. La pesca del camarón también implica el descarte de muchos organismos. En la costa sur de Sinaloa por ejemplo, durante el periodo 1992-2004, por cada kilogramo de camarón capturado se pescaron en promedio 14.7 kilogramos de fauna de acompañamiento (Tabla 5.6).

Presión sobre el recurso objetivo. Cuando la actividad pesquera no es controlada de manera que se calcule la disponibilidad del recurso y su capacidad de carga, existe el riesgo de traspasar sus niveles de reproducción y crecimiento, poniendo en riesgo no sólo la especie objetivo sino el equilibrio de otras especies que se encuentran relacionadas con la misma.

En general, puede decirse que las grandes pesquerías de altura son las que más impacto tienen en los océanos, principalmente por las artes de pesca empleadas. Por su parte, la flota menor o ribereña impacta a los ecosistemas marinos principalmente por la presión desmesurada que ejercen sobre el recurso objetivo al no estar controlada su operación y sobrepasar la capacidad de carga del recurso y del ecosistema; además de generar importantes desequilibrios a través de la pesca incidental o de acompañamiento. Un ejemplo de ello es el aumento en la tasa de mortalidad de la vaquita marina (Phocoena sinus) en el Golfo de California.

Sustentabilidad del manejo de los recursos pesqueros

Las pesquerías están consideradas como actividades que generan redes de valor, por lo que cada una de ellas es una cadena productiva, con su propia condición económica y social. En el ámbito local, son elementos fundamentales del ingreso de segmentos importantes de la población, y de esa forma impulsan el desarrollo económico regional (INP-Conapesca, 2001). Sin embargo, la forma en que se han aprovechado los recursos pesqueros ha propiciado que estos se encuentren, en México y el resto el mundo, en distintos estados de explotación.

Cada una de las pesquerías posee su propia dinámica, por lo que para su aprovechamiento óptimo se requieren sistemas de pesca particulares, manejos específicos e infraestructura adecuada: un uso correcto podría evitar su sobreexplotación, la captura incidental de especies asociadas y el descarte de las especies sin valor comercial. Un aprovechamiento con estas características reduciría el daño a la biodiversidad de los ecosistemas marinos, costeros y continentales. Todo este conjunto de acciones se encuentra integrado en los conceptos de desarrollo sustentable y pesca responsable (Hernández y Kempton, 2003).

El concepto de sustentabilidad pesquera involucra la relación entre la explotación o aprovechamiento y la capacidad de renovación biológica de los recursos, modulada por las condiciones del medio ambiente natural y social y con una visión de largo plazo (INP, 1999). El reto de todas las naciones que hacen uso de estos recursos es aplicar este concepto en acciones prácticas que integren los aspectos económico, social y ambiental en cada una de sus situaciones particulares.

La evaluación de la sustentabilidad de las pesquerías se realiza mediante la integración y el análisis de la información biológica de la pesquería y de series de tiempo sobre su explotación, entre otros. El estado de sustentabilidad que guardan las pesquerías y las especies que las conforman se divide en tres categorías: 1) potencial de desarrollo, que considera que existe una alta posibilidad de que las capturas aumenten en el tiempo, teniendo la posibilidad de crecimiento; 2) aprovechamiento máximo sostenible, en el caso de aquellas pesquerías que han alcanzado un nivel máximo de utilización del recurso y, por lo tanto, no debe aumentarse el esfuerzo porque existe el riesgo de sobreexplotación y 3) deterioro, cuando las pesquerías obtienen bajos niveles de biomasa, en muchos casos provocados por un esfuerzo pesquero excesivo. Adicionalmente, a estas categorías se puede incorporar una cuarta denominada no determinada, de la cual no se cuenta con información consistente y de calidad, ya sea biológica y/o pesquera, para poder establecer su estado (INP, 1999) (Cuadro D2_RPESCA05_01).

Según la FAO (2001), en el año 2000, 25% de las poblaciones que son objeto de la extracción pesquera en el mundo se encontraban insuficiente o moderadamente explotadas, 47% estaban plenamente explotadas, 18% se encontraban en condiciones de sobreexplotación sin posibilidad de crecimiento y 10% se encontraban agotadas o en recuperación (Díaz de León-Corral et al., 2005) (Tabla 5.7).

En México se han elaborado los primeros diagnósticos científicos sobre el estado de los recursos pesqueros, mismos que dieron sustento a un instrumento normativo integral denominado Carta Nacional Pesquera, publicada en el Diario Oficial de la Federación en los años 2000 y 2004. Este documento presenta la situación de los recursos pesqueros tanto marinos como dulceacuícolas, las artes de pesca, los recursos cultivados, los ecosistemas costeros y los principales impactos a los que se ven sujetos, la ictiofauna dulceacuícola distribuida en las provincias biogeográficas continentales, de las áreas naturales protegidas marinas y de las especies marinas bajo algún estatus de protección o riesgo. Con esta información se construyeron indicadores que muestran el estado de los recursos sujetos a explotación pesquera y acuícola y la efectividad de las medidas de control y manejo. Esta carta obliga a las entidades de la administración pública federal a su estricta observancia (Álvarez-Torres et al., 2002; Hernández y Kempton, 2003).

De acuerdo con datos de la Carta Nacional Pesquera del año 2000 (DOF, 2000), en ese año 81.5% de las pesquerías nacionales se encontraban al máximo aprovechamiento o en condiciones de deterioro. Para 2004, poco más del 90.4% estaban en la misma situación (Álvarez et al., 2002; Hernández y Kempton, 2003; DOF, 2004; Díaz de León-Corral et al., 2005a) (Tabla 5.8). En ese mismo año, 67% de las UPM se encontraban aprovechadas al máximo sostenible, 23% estaban en deterioro y sólo 10% presentaban potencial para ser explotadas intensivamente. Por su parte, el estado de sustentabilidad de las pesquerías en los distintos litorales del país sigue una tendencia muy similar a la de las pesquerías nacionales en su conjunto (Tabla 5.9). La situación de los grupos de especies bajo explotación pesquera en cada litoral se muestra en las figuras 5.40 y 5.41, con una clara tendencia de máximo aprovechamiento y franco deterioro en todos los grupos y ambos litorales (DOF, 2004).

Las pesquerías de los lagos de Pátzcuaro y Chapala, quizá los lagos más emblemáticos del país, desde los puntos de vista cultural, histórico, ambiental y económico, están clasificados como "en deterioro" debido a que enfrentan serios problemas de contaminación, azolve y sobrepesca. En el caso de la pesquería del lago de Cuitzeo, a pesar de estar clasificado en la categoría de no determinado, su productividad se ha visto mermada desde 1995, coincidiendo con sequías regionales, lo que no permite con facilidad reconocer las causas específicas de la caída en su producción pesquera (DOF, 2004).

Gestión de los recursos pesqueros

La administración adecuada de un recurso depende, en gran medida, del conocimiento que se tenga del mismo, tanto para conocer su estado como para poder plantear soluciones adecuadas a su problemática. En este sentido, es evidente que la toma de decisiones relacionadas con el aprovechamiento racional de los recursos pesqueros deberá estar basada en los conocimientos derivados de la investigación científica de calidad aplicada a la pesca (Arreguín-Sánchez, 2002).

La investigación pesquera en México ha estado básicamente enfocada a las pesquerías de alto valor económico (e.g., camarón y atún) y ha prestado poca atención a una amplia gama de otros recursos pesqueros que, de hecho, podrían tener gran impacto social (Sagarpa-INP, 2002). El Instituto Nacional de Pesca, dependiente de la Sagarpa, es la institución oficial encargada de desarrollar la investigación en materia pesquera, misma que realiza a través de 15 centros regionales de investigación pesquera (CRIP) y tres estaciones ubicadas en ambos litorales y en los principales cuerpos de agua continentales.

En 2001, en estos centros se realizaban 118 proyectos orientados hacia el conocimiento del estado de los recursos pesqueros y su manejo (50% de ellos), el desarrollo tecnológico (20%), el aprovechamiento de las pesquerías (16%) y el desarrollo de la acuacultura (13%) (Figura 5.42).

Los resultados de la investigación y del seguimiento estadístico de la producción pesquera y sus actividades relacionadas son la base para la normatividad en la materia. El marco legal que rige las actividades pesqueras tiene por objeto regular el uso y manejo de los recursos pesqueros, con el fin de permitir el mantenimiento de las existencias del recurso en el tiempo (cuando menos el mínimo necesario para garantizar la capacidad reproductiva de la especie) y satisfacer así las necesidades futuras de la sociedad humana (FAO, 2002).

Con respecto a la problemática de la pesca incidental, se han implementado distintas estrategias para reducir su volumen y los impactos que generan en los ecosistemas marinos, principalmente en las pesquerías que afectan a organismos de especies que se encuentran en riesgo, tales como las tortugas marinas y algunas especies de cetáceos. Como se ha mencionado anteriormente, las redes camaroneras pueden dañar a muchas otras especies de peces, crustáceos y moluscos, además de tiburones, cetáceos y tortugas marinas. Uno de los esfuerzos más importantes para la reducción de la captura de las tortugas marinas ha sido la implementación de los llamados Dispositivos Excluidores de Tortugas (DET), iniciada en 1993 en los barcos de la flota camaronera del Golfo de México y en 1996 en la flota del Caribe y el Pacífico. Las especies mayormente beneficiadas por esta iniciativa son las que se distribuyen en el Golfo de México (tortuga blanca, Chelonia mydas, y la lora, Lepidochelys kempii). Estos dispositivos consisten en aparejos que se adaptan a la entrada de la bolsa de la red camaronera para permitir la salida de las tortugas atrapadas. Sin embargo, estos dispositivos no evitan la mortalidad de todos los animales que entran en ellos. El U.S. National Marine Fisheries Service (NMFS) estima que los DET han reducido cerca del 67% la tasa de mortalidad anual de tortugas marinas atrapadas en las redes de arrastre en las aguas norteamericanas desde su implementación en 1998. En el caso de la flota camaronera nacional, entre 86 y 98% de las embarcaciones de esta pesquería cuentan con estos dispositivos.

La pesca del atún también requiere de una supervisión meticulosa por parte de técnicos observadores que garanticen el cumplimiento normativo nacional e internacional y permitan reducir la captura incidental. La pesca mexicana del atún se centra en cardúmenes asociados con delfines, ya que en ellos se encuentran los atunes más grandes y de mayor valor en el mercado de exportación, pero produce el descarte de atunes juveniles, así como de grandes cantidades de tiburones, picudos, dorados, petos, jureles, e incluso, tortugas marinas. En el caso de la pesca de atún sobre cardúmenes libres, el problema de los descartes y captura incidental existe, y aunque es de magnitud inferior se traduce en el desperdicio económico y el impacto ecológico. El incremento reciente en la pesca asociada a objetos flotantes y a cardúmenes libres como respuesta a la preocupación internacional para evitar la pesca incidental de delfines, puede conducir a una reducción en el rendimiento del atún por la mortalidad de individuos juveniles, además de afectar al ecosistema en su conjunto a través de la captura incidental de otras especies.

En el caso particular de los delfines asociados al atún, los esfuerzos realizados para su protección se iniciaron a mediados de los años setenta, y actualmente están en marcha dos programas (uno nacional y otro internacional) de reducción sucesiva de la mortalidad incidental. Ambos se basan en el monitoreo de la mortalidad incidental por medio de observadores científicos. Este monitoreo cubre la totalidad de los viajes de pesca desde 1991.

La Norma Oficial Mexicana de Emergencia NOM-EM-002-PESC-1999 actualiza la legislación anterior en materia de protección de delfines en el marco del Acuerdo sobre el Programa Internacional para la Conservación de Delfines (APICD) y de la Comisión Interamericana del Atún Tropical (CIAT). Incorpora el "límite de mortalidad incidental de delfines" (LMD) por barco como instrumento básico de control. Se incluye un Sistema de Seguimiento y Verificación del atún, el cual opera desde el momento de su captura hasta su comercialización, indicando que el producto deberá ser etiquetado al almacenarse en bodega, señalando aquel "atún capturado en lances en los que resulten delfines muertos o gravemente heridos".

Los resultados de este programa han sido favorables, ya que entre 1986 y 2001, el desempeño de la flota atunera mostró una disminución importante de la mortalidad incidental: de 15 a 0.16 delfines por lance (Figura 5.43, Cuadros D2_PESCA04_02 y D2_PESCA04_03). Es importante señalar que estos valores se obtuvieron manteniendo prácticamente igual número de lances sobre delfines, lo que indica un mejor desempeño de los pescadores; en 89% de los lances no resultó muerto ningún delfín. La evaluación de poblaciones de delfines en la zona atunera del Océano Pacífico oriental muestra que las poblaciones de delfines se encuentran estables, sin presentar ningún indicio de declinación a causa de la mortalidad incidental ejercida por la flota atunera internacional.

Algunos de los principales problemas asociados a la pesca en el país son los conflictos por el acceso a los recursos, la inadecuada definición de los derechos de propiedad, la sobreexplotación, la ineficiencia en las técnicas de captura que ocasionan la pesca incidental, la concentración del esfuerzo pesquero en unas pocas especies, la contaminación y la destrucción del hábitat de las especies objetivo (Villaseñor-Talavera, 2002). En este contexto, las regulaciones pesqueras establecidas en nuestro país, como la Ley de Pesca y su reglamento específico, las normas, avisos y vedas, se han tratado de desarrollar siguiendo los criterios de una pesca responsable, procurando aprovechar adecuadamente el recurso.

Dos de los instrumentos legales que se han promovido para lograr un desarrollo sustentable de las pesquerías en el país son los permisos y las normas oficiales mexicanas. El permiso es el más ampliamente utilizado, ya que, de acuerdo con la Ley de Pesca, es necesario para cualquier aprovechamiento con fines comerciales. La expedición de un permiso depende de la disponibilidad del recurso y de que la explotación no deteriore la unidad pesquera de manejo. Actualmente treinta pesquerías cuentan con instrumentos de este tipo (Figura 5.44).

Por otro lado, distintas normas están dedicadas a la administración de la pesca en México. La NOM-059-SEMARNAT-2001 determina las especies que se encuentran bajo alguna categoría de riesgo, siendo las tortugas marinas y algunas especies de mamíferos marinos las que pueden ser afectadas por distintas pesquerías. La NOM-012-PESC-1993 establece las medidas adecuadas para la protección de la vaquita marina y la totoaba, mientras que las normas relacionadas con la pesca del camarón exigen el uso de dispositivos excluidores de tortugas (DET) (Tabla 5.10).

 

Otra forma habitual de protección de los recursos pesqueros es permitir el aprovechamiento de organismos que ya se hayan reproducido (en general a través del establecimiento de tallas mínimas), así como las vedas y la prohibición de artes de pesca perniciosas (Figura 5.44).

El desarrollo y puesta en práctica de un marco legal que regule el aprovechamiento del recurso pesquero del país es un elemento importante de la administración de la pesca, sin embargo, por sí sólo no garantiza el uso y manejo racional, ni la protección y conservación del recurso. Por ello, un sistema integral de gestión debe contemplar, además, los puntos de interés de los diferentes sectores sociales y las interacciones de los mismos, un adecuado sistema de inspección y vigilancia que respalde el esquema jurídico, así como la consideración de los aspectos biológicos y ecosistémicos que aseguren la sustentabilidad de las diferentes pesquerías.

Para verificar el cumplimiento de la normatividad ambiental, la Dirección General de Inspección y Vigilancia de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca) mantiene tanto un programa de inspección y vigilancia, como un programa de apoyo permanente para la resolución apropiada de los conflictos vinculados con el aprovechamiento de los recursos pesqueros (Sagarpa, 2001). Otras dependencias del Ejecutivo Federal también participan en este sentido, como la Secretaría de Marina (Semar) y la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa). Ambas tienen la capacidad de intervenir en las acciones de verificación y el cumplimiento de las disposiciones legales en embarcaciones, instalaciones para el procesamiento, almacenamiento, conservación y comercialización de productos pesqueros, así como en los equipos, vehículos, artes de pesca y productos pesqueros.

A este respecto, el número de inspecciones y operativos alcanzó sus valores más altos entre 1992 y 1994, y a partir de entonces ha registrado un importante descenso (asociado a una menor disponibilidad de recursos para tales actividades), mientras que los aseguramientos de equipos y artes de pesca y las certificaciones se han incrementado (Figura 5.45, Cuadro D4_PROFEPA01_04). Las actividades de inspección y certificación de los DET en la pesca camaronera (las cuales se iniciaron en 1996) se han concentrado en Sonora, Sinaloa, Baja California, Baja California Sur y algunos de los estados del Golfo de México (Veracruz y Campeche), los cuales corresponden a algunos de los mayores productores de camarón (Mapas 5.15 y 5.16, Cuadro D4_PROFEPA01_09). Los estados del país, así como algunos municipios, también participan en la inspección y vigilancia pesquera y en operativos especiales (Sagarpa, 2001). Sin embargo, aún no se consolida un sistema eficiente de información sobre el seguimiento y cumplimiento de la normatividad y disposiciones legales en materia pesquera.

 

 

Ante el agotamiento paulatino de muchos recursos marinos, la promoción de fuentes alternativas de producción es una forma de reducir la presión sobre la vida silvestre. La acuacultura, además de contribuir a disminuir la presión sobre los recursos pesqueros silvestres, representa una posibilidad para ampliar la oferta y seguridad alimentaria del país, generar divisas y estimular el desarrollo regional (Sagarpa, 2001).

La acuacultura es hoy en día el sector de producción de alimentos que ha crecido más rápidamente en el mundo, con una tasa de crecimiento superior al 11% anual desde 1984. Este crecimiento es tres veces mayor que el registrado para la producción de la carne terrestre en granjas (3.1%) y más de diez veces superior al de la producción por las capturas pesqueras mundiales (0.8%) (FAO, 2004). Si bien México aún está lejos de otros países en cuanto a su producción acuícola, se han dado avances importantes en este sentido a lo largo de las últimas décadas. La tasa de crecimiento de su productividad se encuentra entre las diez más grandes del mundo; su crecimiento de 16.9% se encuentra sólo ligeramente por debajo del de Brasil y Chile (con tasas de 18.1 y 18% respectivamente) (FAO, 2004).

La acuacultura en México se ha desarrollado en todas las regiones del país, usando prácticas diversas, extensivas con sistemas abiertos y cerrados, así como intensivas y semi-intensivas, en jaulas, encierros, líneas suspendidas, estanques artesanales de tierra, canales de corriente rápida, estanques de concreto, cubiertas plásticas y otras tecnologías disponibles para criar especies acuáticas para el autoconsumo o comercio de sus productos.

La actividad se basa particularmente en el cultivo de siete especies introducidas: carpas chinas, tilapias, bagre, trucha, langostinos, ostras japonesas, mejillones y cinco de especies nativas: camarón blanco del Pacífico, la ostra americana, abulón, almejas y langostinos. En la mayor parte de los casos la tecnología utilizada ha sido importada y adaptada a las condiciones locales.

Como en otras partes del mundo, la acuacultura incluye actividades de repoblación en ambientes naturales y artificiales de crías y juveniles de peces producidos en centros piscícolas. La acuacultura extensiva en México se ha desarrollado exitosamente con impactos positivos sobre la captura pesquera en aguas continentales, donde los embalses son compartidos con acuicultores que utilizan jaulas y encierros para la engorda de tilapias, bagres y otras especies de valor comercial.

Los recursos que pueden ser aprovechados mediante esta actividad económica en el país incluyen 64 especies: 26 especies de peces dulceacuícolas (9 nativas, 14 introducidas y 3 híbridas), 5 especies de peces marinos nativos, 14 de moluscos marinos y salobres (12 nativas y 2 introducidas), 6 de crustáceos dulceacuícolas (4 nativos y 2 introducidos), 7 de crustáceos marinos nativos y 6 especies de anfibios (5 nativas y una introducida) (DOF, 2004).

El volumen de producción generado por la acuacultura nacional en el 2003 fue de 207 mil 776 toneladas (Figura 5.46, Cuadro D2_PESCA02_01). De este total, el litoral del Pacífico participó con 49.4%, la región del Golfo y el Caribe con 35.4% y las entidades sin litoral contribuyeron con 15.2%.

En 2003, el estado que tenía la mayor producción acuícola (en miles de toneladas) fue Veracruz (41.1), seguido por Sonora (32.7), Sinaloa (28.2), Tabasco (25.1) y Michoacán (16.7) (Mapa 5.17, Cuadro D2_PESCA02_02). El producto más importante obtenido por la acuacultura durante 2003 fue el camarón (62 mil 300 toneladas), seguido por la mojarra (61 mil 500 toneladas) y el ostión (48 mil 200 toneladas). Estas tres especies representaron 80% del volumen total de la producción nacional de acuacultura para dicho año (Figura 5.47, Cuadro D2_PESCA02_03).

Si se considera la producción nacional por especie, el ostión y la mojarra son obtenidos casi en su totalidad por la acuacultura (96% y 92%, respectivamente) mientras que en el caso del camarón, la producción acuícola representa el 50% de la producción total (Figura 5.46). Existen otras especies para las cuales la actividad de acuacultura representa un alto porcentaje de su producción nacional, como en el caso de la carpa (79%), lobina (75%), bagre (64%) y la trucha (48%) (Figura 5.48).

Las actividades acuícolas en México se han desarrollado fundamentalmente bajo el enfoque de la piscicultura de siembra o repoblación (en especial en el área dulceacuícola) y en menor escala en el cultivo de especies de aguas marinas y salobres. A pesar de que esta actividad ha crecido de manera importante y ha generado beneficios sociales y económicos significativos, en la mayor parte de los casos sigue arrastrando una carencia en apoyo técnico y económico, lo que se refleja en cultivos que son de tipo extensivo de rendimiento bajo. Es por ello que recientemente se le ha prestado mayor atención al tema de capacitación y asistencia técnica para aprovechar el potencial de la actividad e incrementar su productividad sin deteriorar el ambiente (Sagarpa, 2001) (véase La acuacultura y sus efectos ambientales).

 

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